Por Odonnell Casado
Hazleton, en Pennsylvania, alberga una de las comunidades ocoeñas más numerosas de Estados Unidos. Se estima que allí residen alrededor de ocho mil ocoeños, la gran mayoría obligados a abandonar su tierra en busca de mejores oportunidades. Como ellos, miles más han emigrado a distintos destinos con la esperanza de construir un futuro que no encontraron en San José de Ocoa.
Sin embargo, hay una realidad que resulta difícil de comprender. Cada vez que se celebran actividades de la diáspora ocoeña en Estados Unidos, es común que las autoridades de San José de Ocoa sean objeto de reconocimientos y homenajes. La pregunta es inevitable: ¿qué se está reconociendo?
Si miles de ciudadanos han tenido que irse porque en su pueblo no existen suficientes oportunidades de empleo, desarrollo e inversión, entonces quienes han ocupado durante años posiciones de poder e influencia no pueden quedar al margen de esa responsabilidad. Especialmente aquellos que han permanecido largo tiempo en cargos públicos o con capacidad de incidir en las decisiones del Estado.
Los reconocimientos tienen sentido cuando premian resultados concretos. Pero cuando la principal «obra» visible es una emigración constante de jóvenes y familias enteras, esos homenajes parecen responder más a la cultura de la adulación y al interés de mantener buenas relaciones con el poder que a logros reales en beneficio de la comunidad.
Mientras tanto, Hazleton seguirá recibiendo más ocoeños. La diáspora continuará creciendo porque no se percibe un compromiso firme para generar las oportunidades que permitan a la gente quedarse y prosperar en su propia tierra.
La otra cara de esa realidad permanece en Ocoa. Muchos jóvenes, sin empleo ni perspectivas claras, sobreviven entre la frustración y la desesperanza. Algunos encuentran refugio en las drogas, recorriendo diariamente sectores como San Luis y Pueblo Abajo en busca de un alivio momentáneo que los haga olvidar, aunque sea por unas horas, la falta de oportunidades que los rodea.La paradoja es evidente: quienes emigraron porque su pueblo no les ofrecía futuro terminan reconociendo a quienes no han logrado construir ese futuro.
Una contradicción que invita a la reflexión.
Que sigan los acuerdos «fructíferos».



























