La bibliografía ocoeña que en los últimos años ha experimentado un auge que pinta esperanza, se ve ahora ante la publicación de un libro que desde ya constituye un hito y un referente para las actuales y futuras generaciones interesadas en el tema que aborda.
Milciades Mejía, autor de Los Trapiches y el cultivo de la caña en San José de Ocoa, no necesita presentación, de forma que iré directo a las impresiones que como lector me ha causado el libro.
El texto hace importantes aportes a través de sus 247 páginas y apoyado en una extensa y sólida bibiliografía, el autor recorre desde temas históricos, económicos, botánicos y culturales relacionados con el cultivo de la caña y su preparación con la utilización de trapiches, instrumento utilizado desde tiempos de la colonia cuando fue introducida esa planta en la isla.
Precisamente, el aspecto histórico que aborda la obra incluye desde el origen de la caña, su introducción en La Española y aunque no puede determinar la fecha exacta en que empezó su cultivo en El Maniel, el autor plantea varias tesis, las cuales deben ser objeto de estudio y debate por parte de expertos en la materia. La dificultad encontrada por el autor no nos es extraña: la falta de documentación escrita durante una buena parte de la historia de esta región.
Pero el autor no se limita, a través de los 14 capítulos en que está dividido el libro, a temas históricos, sino que ofrece una visión holística.
Es por tal razón que el capítulo VI está dedicado (siendo el autor un reconocido botánico no podía faltar ese enfoque) a las especies florísticas cuyas nobles maderas dieron vida a los trapiches. Y he aquí un notable descubrimiento: la utilización por los campesinos de la zona norte del municipio San José de Ocoa de tres nombres vernáculos desconocidos en la literatura botánica: Pionía, Palo de Corral y Cola Vegana, cuyos nombres no aparecen en el Catálogo de la Flora de la Española (Dr. Rafael M. Moscoso) ni en el Diccionario Botánico de nombres vulgares de La Española (Dr. Henri Alain Liogier), por lo que el autor recomienda incluir esos aportes de los campesinos ocoeños en futuras reediciones de dichas publicaciones.
El libro también expone la importancia que tuvo la caña en la economía ocoeña, donde en un momento determinado hubo más de 100 trapiches en funcionamiento hasta lo que el autor llama su “triste ocaso”, que ubica en 1979, tras el impacto del ciclón David y la tormenta Federico en la zona, aunque en realidad el proceso de desaparición había iniciado tiempo atrás y la merma en la producción era evidente debido al consumo de azúcar industrial y la introducción de cultivos de mayor rentabilidad. Esta sustitución de caña por otros cultivos, dice el autor, “convirtió al municipio en uno de los principales productores de vegetales del país”.
Otro aspecto a destacar de la investigación de Mejía es el hecho de que se trataba de pequeñas unidades de producción, la mayoría de las veces compuesta por familias, por lo que en Ocoa, a diferencia de otros lugares donde se cultivaba la caña, no hubo latifundios ni se crearon empresas ni se formaron grandes capitales. Quizás debido a ello no fue tan conocido el impacto en la economía del municipio (como sucedió, por ejemplo, con el café).
Como parte del enfoque 360 del tema, el autor convertido en cronista interesado en rescatar del anonimato a los artesanos que construían los trapiches y a quienes califica como “finos artesanos” e “ingenieros empíricos” los identifica por sus nombres y fotografías. También hace un reconocimiento a los que fabricaban las famosas raspaduras que eran utilizadas para endulzar el café, la leche, el té, etc., antes de que existiera la azúcar refinada.
Héctor Abad Faciolince, autor del maravilloso y entrañable libro El olvido que seremos, frase que tomó prestada de un poema de Jorge Luis Borges, dice que “la memoria es un espejo opaco y vuelto añicos, o, mejor dicho, está hecha de intemporales conchas de recuerdos desperdigadas sobre una playa de olvidos”.
De ahí la importancia de que el autor haya recogido los testimonios de muchas personas, desconocidas entre sí, pero que compartían sin saberlo algo en común, para ponerlos en contexto y hacer de sus testimonios individuales un trozo de historia y preservando su contribución, por modesta que pueda considerarse, para que algún día les llegue el merecido reconocimiento.
En su afán de rescate del olvido dedica todo un capítulo al Central Ocoa, el ingenio que operó en el Palmar de Ocoa y cuyas ruinas aún existen, aunque en total abandono, a pesar de tratarse de una edificación de los tiempos de la colonia.
La influencia de la caña en la gastronomía, en la toponimia ocoeña, en el arte (incluye letras de merengues, poemas, décimas), etc; Todo está recogido en este volumen. Parecería que nada ha pasado por alto el autor.
Fiel a su filosofía y credo conservacionista, Milcio se refiere al consumo de leña necesario en los trapiches para la elaboración del dulce, aunque no indica el impacto que pudo tener esta actividad en el proceso de desmonte y deforestación de nuestros bosques. El autor reconoce que “no se han encontrado datos del volumen de leña que consumían los trapiches”, aunque admite que para producir caña en la isla, los ingenios demandaban tal cantidad que “la devastación de los recursos naturales fue de grandes proporciones.” Tal devastación junto al corte de madera y el hato ganadero, fueron los responsables de la actual vegetación y clima imperantes en lo que otrora eran grandes extensiones de caña en el litoral sur de la isla. Incluso cita un bosque de palmas Yarey que dio origen al nombre de Palmar de Ocoa, del cual no queda ni rastro.
Creo, es mi humilde opinión, que más que un deseo de divulgación o promoción, incluso más allá del anhelo de rescatar del olvido una actividad y a sus protagonistas, lo que movió a Milciades Mejía a escribir este libro fue saldar una deuda con un niño que a temprana edad vio por primera vez un trapiche en funcionamiento y desde entonces quedó hechizado por tan ingenioso mecanismo.



























