Por: Alfredo Arias
La democracia electoral dominicana necesita diversidad. Necesita voces distintas, propuestas alternativas y organizaciones políticas capaces de fortalecerse y representar sectores que no siempre encuentran espacio en las grandes estructuras partidarias. Sin embargo, en la República Dominicana, muchos de los llamados partidos alternativos, por cierto y lamentablemente con una membresía muy disminuida, parecen haber perdido el rumbo, la conexión con la gente y, en algunos casos, hasta la razón misma de su existencia.
Mientras los partidos mayoritarios ocupan la mayor parte del escenario político, numerosos partidos minoritarios sobreviven apenas en los registros electorales, observándose a los mismos en estos nuevos tiempos, alejados de las comunidades, desconectados de las demandas sociales y con poca presencia en los debates que afectan la vida cotidiana de los ciudadanos. Esa realidad debería provocar una profunda reflexión interna.
Si bien es cierto que en la actualidad la política no puede reducirse a la participación electoral cada cuatro años, los partidos que aspiran a representar intereses populares deben estar presentes en las asambleas municipales, en los barrios, en los campos, en las organizaciones comunitarias, en los gremios, en los espacios juveniles, en los movimientos de mujeres, en las Iglesias y en los escenarios donde se discuten los problemas reales de la sociedad.
La fortaleza de una organización política no se mide únicamente por la cantidad de votos obtenidos en una elección, sino también por su capacidad de influir en las ideas, promover soluciones y acompañar las luchas legítimas de la población. Cuando un partido pierde contacto con la ciudadanía, corre el riesgo de convertirse en una simple sigla sin contenido ni relevancia.
Los partidos alternativos todavía tienen oportunidades. Existen espacios sociales abandonados, comunidades que reclaman representación, jóvenes que buscan nuevas formas de participación y ciudadanos que se sienten decepcionados de la oferta política tradicional. Allí es, pero adecuando la forma de hacer política, donde deben concentrar sus esfuerzos si desean crecer y convertirse en opciones electorales reales de poder.
La renovación de liderazgos, la formación política de sus militantes, la construcción de propuestas viables y la presencia permanente en las causas sociales constituyen tareas impostergables. No basta con emitir comunicados o comparecer ocasionalmente ante los medios de comunicación. La conexión, la credibilidad y la fortaleza se construyen caminando con la gente a un mismo compás.
Una democracia fuerte requiere partidos fuertes. Pero también necesita partidos diversos, capaces de fiscalizar, proponer y enriquecer el debate nacional. La desaparición de los partidos alternativos empobrecería el pluralismo político y reduciría las opciones de participación ciudadana.
Por ello, más que resignarse a una lenta extinción, estas organizaciones deben asumir el desafío de reinventarse. Deben volver a las calles, escuchar a la ciudadanía y reconstruir los vínculos que alguna vez justificaron su nacimiento, desarrollo y vinculación popular.
Todavía están a tiempo. Pero el reloj político avanza inexorablemente. Si no reaccionan, si continúan con las viejas prácticas de hacer política, alejados electoralmente de la sociedad y de sus necesidades más sentidas, podrían terminar, al menos en ese ámbito, convirtiéndose en lo que hoy deberían evitar a toda costa: el réquiem político de su propio siglo.
El autor es ocoeño, educador, abogado y analista político.



























