Por Alfredo Arias Lara
La abstención electoral en la República Dominicana ha dejado de ser un fenómeno circunstancial para convertirse en una señal que el sistema de partidos debería mirar con mucha mayor atención. En las elecciones presidenciales de 2020 y 2024, una parte muy elevada del electorado decidió no acudir a las urnas; y el fenómeno también alcanzó de manera significativa a nuestra diáspora.
Recordemos que en las elecciones del 2020 la abstención rondó el 50%, situación que en ese momento algunos sectores políticos lo asociaron, en gran medida, a los efectos de la pandemia del COVID – 19.
Sin embargo, no obstante la anterior lectura, en los comicios del 2024 y sin COVID – 19, el fenómeno de la abstención se profundizó, al superar nuevamente ese porcentaje y situarse alrededor del 55%. ¡Preocupante.!
Entonces, más allá de las cifras, deberíamos pregúntarnos : ¿qué está provocando que tantos dominicanos, pudiendo votar, prefieran no hacerlo?
Una posible respuesta está en la inexistente diferencia ideológica ni programática entre los principales partidos. Aquellas grandes distancias que históricamente permitían al ciudadano distinguir entre una propuesta y otra parecen haberse ido diluyendo. Con demasiada frecuencia, lo que se proclama desde la oposición no guarda suficiente correspondencia con lo que posteriormente se hace desde el Gobierno. El discurso cambia, pero determinadas prácticas permanecen; las promesas abundan en campaña y las soluciones fundamentales continúan esperando.
Y aquí aparece un asunto todavía más profundo: la desconfianza. Durante más de cuatro décadas, hemos cambiado gobiernos, presidentes, mayorías congresuales y administraciones municipales; sin embargo, problemas estructurales de la República Dominicana siguen sin encontrar soluciones definitivas. No se trata de desconocer los avances alcanzados, que los ha habido, sino de preguntarnos por qué cuestiones fundamentales continúan siendo sólo promesas recurrentes de cada nuevo período electoral.
La abstención, por tanto, no debería ser interpretada simplemente como indiferencia ciudadana. También puede constituir una forma silenciosa de protesta, desencanto o pérdida de confianza en quienes solicitan el voto. Cuando el elector deja de encontrar diferencias sustanciales entre quienes compiten por gobernarlo, o cuando percibe que las promesas electorales terminan sucumbiendo ante las mismas prácticas de siempre, votar comienza a perder para algunos su sentido de esperanza.
La democracia no se fortalece únicamente contando votos; se fortalece haciendo que el ciudadano vuelva a creer que su voto puede cambiar las cosas. Y esa responsabilidad no corresponde solamente al elector: corresponde, sobre todo, a los partidos políticos y a quienes, en su nombre, aspiran a gobernar. Porque una democracia puede sobrevivir a una elección con alta abstención; lo verdaderamente riesgoso sería acostumbrarse a ella sin preguntarnos por qué está ocurriendo.
O, acaso, para bien o para mal, no lo sabemos aún, es que está llegando la hora en que los ciudadanos dominicanos, hagan una parada reflexiva y se pregunten por todo lo antes descrito: ¿realmente, vale la pena seguir votando?.
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El autor es Ocoeño, Educador, Abogado y Analista Político.
alfredoariaslara@gmail.com



























