La mirada se pierde en el océano, propietario de mares tan impetuosos como los apostados al Pacífico, buscando horizontes al extremo de un Atlántico solo posible gracias al canal de Panamá. Una barca debilitada por el agradecimiento, el agravio y la inmisericordia de un colonialismo turbulento.
Los cuerpos esqueléticos que nos forman desarrollan luchas tan desgastantes como convertir la pendejada en amor o evitar que el amor sea cogido de pendejo.
La geografía divide territorios; sin embargo, la búsqueda de ser amados es una mentira igual de verdadera que nos concentra en amar buscando ser correspondidos en función de lo que damos.
Enamorarse tiene dos caminos intrínsecos en la naturaleza humana: aferrarse a amar juzgando la forma en que somos amados, o sencillamente amar tal cual es ese ser.
En el primer caso, nos atrapa la frustración: que no nos llamen, que no nos escriban, que no nos traten de la manera que entendemos que debemos ser tratados. Entonces, nos volvemos tan insípidos que terminamos reduciendo el amor a una especie de contabilidad emocional: «Yo doy esto, por tanto, debo recibir aquello». Medimos, reclamamos, condicionamos y, sin darnos cuenta, convertimos el afecto en una negociación permanente.
Queremos que el otro ame bajo nuestras reglas, responda a nuestras expectativas y confirme constantemente nuestro valor.
En el segundo caso, es amar y punto.
Puede ser intenso; puede llevarnos a procurar cuidar incluso de sí mismo al ser amado. Sin embargo, también implica procurar conservar su libertad, su esencia y su individualidad. Es un amor que no necesita poseer para sentirse seguro, ni controlar para sentirse correspondido.
En ese sentido, se resume en Primera de Corintios 13: el amor que no se envanece, que no busca lo suyo, que no se irrita y que permanece aun cuando las circunstancias cambian.
Dios, en su misericordia, nos enseña a amar desde el libre albedrío. Y, a pesar de nuestra propia ferocidad, ha tenido misericordia de nosotros, enviando a su Hijo como tabla de salvación.
Quizás ahí encontremos una de las mayores contradicciones de la existencia: queremos amar, pero también queremos tener poder sobre aquello que amamos.
Y el poder, cuando se introduce en una relación, puede terminar convirtiendo la autoestima en lástima, la compañía en dependencia y el amor en una lucha por controlar al otro.
El amor es impredecible. Podría durar una eternidad mortal; podrías resistir uno de los dos caminos o, sencillamente, descubrir que todo se enmarca en la simpleza de saberse sostenido por la firmeza de alguien que estará ahí cuando se le necesite.
Tal vez amar sea precisamente eso: no sentirse en control.
Entender que amar también significa permitir que el otro sea. Que pueda respirar sin sentir nuestra presión en la nuca. Que pueda ser quien quiere ser, sin más exigencia que la de procurar que esté bien.
Porque esa libertad respira muy cerca de aquella búsqueda aparentemente infalible de imposibles: esa que perseguimos en el 99 % de nuestras relaciones cuando pretendemos que el otro sea exactamente como imaginamos.
Quizás la verdadera grandeza no esté en poseer, sino en acompañar.
No en exigir que nos amen de una determinada manera, sino en reconocer cuándo estamos frente a alguien que coincide con nuestra forma de entender el amor.
Porque al final, entre el poder y el ser, queda una pregunta inevitable:
¿Queremos que nos amen como nosotros queremos, o somos capaces de amar dejando al otro ser?
Gracias a Dios por quienes coinciden.


























