Vivimos en un mundo donde las fronteras comerciales son cada vez más difusas, donde una decisión tomada en un escritorio de Santo Domingo puede tener consecuencias en Washington, Bruselas o Pekín. Sin embargo, el Gobierno del PRM continúa actuando como si la política económica dominicana existiera en un vacío, desconectada de la realidad internacional.
La reciente intención de gravar con impuestos a las plataformas digitales coincide con un momento de alta tensión comercial impulsado por el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, quien ha advertido que responderá con severos aranceles a los países que impongan impuestos dirigidos a las grandes empresas tecnológicas estadounidenses. Más allá de simpatías o diferencias con esa postura, lo verdaderamente importante es comprender que el escenario internacional ha cambiado y que las decisiones internas ya no pueden tomarse ignorando ese contexto.
La pregunta es inevitable: ¿evaluó el Gobierno dominicano las posibles repercusiones internacionales de esta medida antes de anunciarla? ¿Se realizó un análisis de riesgos comerciales? ¿Se consultó al sector exportador? ¿Se ponderó el impacto sobre las relaciones con nuestro principal socio comercial? Hasta el momento, no existe evidencia pública que permita responder afirmativamente a estas interrogantes.
Ese es precisamente el problema de un gobierno que parece reaccionar más que planificar.
La política económica moderna dejó de ser únicamente un instrumento para recaudar impuestos o controlar el gasto público. Hoy constituye también una herramienta de política exterior. Cada reforma tributaria, cada regulación financiera y cada disposición comercial envían señales al mundo sobre la estabilidad, previsibilidad y confiabilidad de un país.
La República Dominicana es una economía pequeña, abierta y profundamente dependiente del comercio internacional, de la inversión extranjera y del acceso preferencial a mercados estratégicos. En consecuencia, cualquier decisión que pueda generar fricciones con nuestros principales socios comerciales debe estar respaldada por estudios técnicos, análisis geopolíticos y una estrategia diplomática clara.
Lamentablemente, el Gobierno del PRM ha demostrado en múltiples ocasiones una preocupante tendencia a gobernar sobre la marcha. Se anuncian medidas antes de construir consensos; se improvisan políticas antes de evaluar escenarios; y solo cuando aparecen las críticas se intenta explicar lo que debió analizarse desde el principio.
Gobernar un país en el siglo XXI exige mucho más que administrar asuntos internos. Exige comprender cómo funcionan las cadenas globales de suministro, los tratados comerciales, la competencia por la inversión extranjera y las nuevas dinámicas de la economía digital. En otras palabras, exige entender que la política nacional ya es, inevitablemente, política internacional.
No se trata de renunciar al derecho soberano de establecer nuestra política tributaria. Ese derecho es incuestionable. Se trata de ejercerlo con inteligencia estratégica, anticipando consecuencias y minimizando riesgos para la economía nacional.
Las grandes naciones pueden absorber los costos de una guerra comercial. Los países pequeños, como República Dominicana, no tienen ese lujo. Una decisión mal calculada puede traducirse en menores exportaciones, menos inversión, pérdida de empleos y menor crecimiento económico.
Por eso preocupa que el Gobierno continúe actuando sin ofrecer señales de que existe una visión integral sobre los efectos internacionales de sus decisiones. La improvisación puede generar titulares; la planificación genera desarrollo.
En un mundo interconectado, gobernar ya no consiste únicamente en administrar el presente. Consiste en anticipar el futuro. Y esa es, precisamente, la diferencia entre un gobierno que reacciona a los acontecimientos y un gobierno que realmente conduce el destino de una nación.
El desafío para República Dominicana no es solamente recaudar más o regular nuevos sectores de la economía. El verdadero desafío es construir políticas públicas capaces de insertarse inteligentemente en un entorno global cada vez más complejo, competitivo e interdependiente. Porque hoy, más que nunca, una mala decisión interna puede convertirse mañana en un problema internacional.

























