Dos jinetes galopan a desigual velocidad decidiendo la preferencia electoral para los gobiernos de Latinoamérica.
Solo uno es visible; el otro es subterráneo pero se agazapa con una enorme energía volcánica.
Los llamados derechistas están ganando las elecciones y los progresistas las están perdiendo. De 2024 al día de hoy, la racha de conservadurismo parece imparable.
La sorpresa está próxima y la reversión de esa tendencia se comenzará a evidenciar muy pronto.
La “para” de los triunfos derechistas vendrá por donde menos se espera. Y pronto lo veremos.
Quienes conquistan más votos lo hacen, hasta ahora, por garantizar el más abyecto entreguismo neocolonial y la adopción de un compromiso nazi-fascista contra sus propios pueblos.
Se entregan en cuerpo y alma, donando todas las riquezas naturales, las instituciones y el territorio a quien la reclama como patrio trasero y terreno de maniobra para agresiones neocoloniales: Estados Unidos, y en especial su actual presidente, Donald Trump.
La combinación de una política conquistadora de Latinoamérica impulsada por Trump y claques oligárquicas nativas listas para subordinarse hasta el cansancio, obra el milagro de que trogloditas se erijan en gobernantes que afilan la hachuela para desangrar a sus propios pueblos.
Impacto en el país
Lo que hoy es una tendencia en América Latina (el apuntalamiento de la derecha), en República Dominicana ya acumula 48 años, aunque de forma sutil o encubierta.
Hasta 1978 cuando llegó al poder, el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) era una organización de amplia base popular, defensora de la libertad, que venía de combatir en la guerra contra los militares golpistas y contra los agresores norteamericanos.
Su entrada al gobierno arruinó esas banderas. Sus dirigentes abandonaron a sus bases y optaron por hacerse ricos con el patrimonio estatal, con la excepción de su líder José Francisco Peña Gómez.
La única bandera que levantaron fue la Ley de Amnistía para los presos políticos, el regreso de los exiliados y la abolición de las leyes que proscribían el comunismo y los libros marxistas.
Pero esa ley tuvo una motivación particular. Salvador Jorge Blanco, aplastado por la alianza de Antonio Guzmán y Jacobo Majluta (luego presidente y vicepresidente, respectivamente) tuvo que aceptar la propuesta de Peña Gómez de ser el candidato a senador por el Distrito Nacional.
En su condición de legislador y aspirante presidencial para 1982, presentó el proyecto de ley, fue aprobado en el Congreso y el presidente Guzmán ejecutó la ley a cuentagotas.
A Claudio Caamaño, Hamlet Hermann y Héctor Aristy, cubiertos por la amnistía, no se les permitió regresar al país, sino mucho tiempo después, y lo mismo sucedió con los presos políticos Salvador Duvergé y Cástulo Toussaint, combatientes de la Guerra de Abril, quienes permanecieron años encerrados en la cárcel de La Victoria, a pesar de que sus nombres estaban incluidos en la ley que disponía su excarcelación.
Mientras el PRD desandaba sus pasos asumiendo una práctica de derecha, el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) desde la oposición, mantenía un discurso progresista.
La llegada al poder del PLD en 1996, con el apoyo abierto y militante de Joaquín Balaguer, liquidó toda la prédica progresista y gobernó guiado por el Consenso de Washington, entregando las empresas públicas, los servicios y las tierras a la oligarquía.
La izquierda, que junto al PRD pagó un alto precio en sangre, sudor y luto en la lucha por la libertad, se atomizó y sus remanentes forjaron alianzas con la derecha o se marginaron.
En el país, hay una verdadera competencia por quién es más de derecha, lo que se expresa en un arraigado entreguismo a Estados Unidos, un antihaitianismo febril y una corrupción rampante para enriquecer a sus cúpulas degeneradas, las que a su vez sostienen el parasitismo de millones de votantes ágrafos, tanto desde el gobierno (ayuda social, barrilito) como donando ínfimas partes de lo que se apropian.
Se aproxima el fin
En República Dominicana ser derechista se ha constituido en una necesidad para los políticos y en una moda para periodistas, opinantes y oportunistas que quieren dar el salto para conseguir adulando al poder lo que no pueden obtener como profesionales, técnicos o trabajadores.
A todos ellos les tengo malas noticias.
Trump, su líder de ocasión, va rumbo al ocaso y su tiempo se cuenta en meses.
Su aceptación en el ciudadano estadounidense está en el suelo y en noviembre hay elecciones parciales.
En esos comicios, la derrota republicana está sellada y si bien los demócratas no son una fuerza progresista, los líderes más liberales se abren paso acelerado y están compelidos a marcar distancia de la agenda conservadora y agresiva que impera hoy.
Las candidaturas demócratas aplastarán a las republicanas en noviembre y con esa nueva correlación de fuerzas, Trump tendrá que comportarse o se expone a un juicio político de destitución.
En cualquiera de esos dos escenarios, el injerencismo abierto y brutal que acabamos de ver en Honduras, Ecuador, Colombia, y la agresividad contra, Venezuela, Irán y las amenazas a Cuba, razonablemente deben terminar.
Los progresistas
Las fuerzas de izquierda y progresistas dominicanas deben aprovechar las próximas elecciones para montarse en la nueva ola.
Es el tiempo ideal para descartar cualquier tipo de alianza con los partidos de derecha, plegados de riferos, narcos y corruptos.
Lo que se impone es forjar un gran frente unitario, plural, participativo, programático, para levantar candidaturas populares unitarias en los niveles municipales y legislativos, y abanderar un candidato presidencial emblemático, capaz, inteligente, de limpia trayectoria democrática.
No estoy hablando de un dirigente partidario, hablo de una personalidad tipo Ramón Antonio Veras (Negro), que por décadas ha mantenido una trayectoria democrática indeclinable y un profesional honesto y capaz, que ni siquiera la derecha más recalcitrante puede cuestionar su reciedumbre moral.
En todos los lugares que ha ganado la derecha ha sido por escaso margen, lo que significa que las bases progresistas no están liquidadas, sino que necesitan ser movilizadas a partir de un programa claro que las identifique y una práctica unitaria que las ponga en tensión.
























