Por Alfredo Arias Lara
Algo más acerca del transfuguismo político, a propósito de las próximas elecciones nacionales del año 2028 en República Dominicana. La democracia se fortalece cuando los ciudadanos pueden identificar con claridad las ideas, principios y compromisos que distinguen a cada organización política. Sin embargo, cuando dirigentes, candidatos o funcionarios abandonan una organización para incorporarse a otra, movidos principalmente por conveniencias coyunturales, surge un fenómeno que debilita la confianza pública, nos referimos al transfuguismo político.
Aunque no es una práctica nueva, en los últimos años se ha convertido en una constante del escenario político nacional y local. En provincias como San José de Ocoa, donde las relaciones personales suelen entrelazarse con las dinámicas partidarias, el fenómeno adquiere una dimensión particular. No pocas veces los electores observan cómo dirigentes que ayer defendían con vehemencia una organización, hoy aparecen promoviendo otra, sin ofrecer explicaciones convincentes sobre el cambio de convicciones que justifique semejante giro.
La libertad de asociación es un derecho fundamental que nadie puede desconocer. Todo ciudadano tiene derecho a ingresar, permanecer o renunciar a una organización política. El problema no radica en el ejercicio legítimo de ese derecho, sino en el uso oportunista de las estructuras partidarias como simples vehículos para alcanzar posiciones de poder.
Cuando el cambio de partido responde exclusivamente a expectativas electorales, ventajas personales o cálculos circunstanciales, se debilita la credibilidad del sistema político. Los ciudadanos comienzan a percibir que las ideologías, los programas de gobierno y los compromisos asumidos durante las campañas son elementos secundarios frente a las ambiciones individuales.
El transfuguismo también afecta la institucionalidad de los partidos. Las organizaciones invierten tiempo, recursos y esfuerzos en la formación de dirigentes, la construcción de liderazgos y la consolidación de estructuras territoriales. Cuando estas estructuras son abandonadas en momentos decisivos por quienes se beneficiaron de ellas, se genera una sensación de deslealtad que desmotiva a la militancia y desalienta la participación política.
Particularmente perjudicial resulta el mensaje que reciben los jóvenes. Si observan que el éxito político depende más de la capacidad para cambiar de bandera que de la coherencia, la preparación y el trabajo constante, podrían concluir que los principios son negociables y que la lealtad constituye una desventaja en la actividad pública.
No obstante, sería injusto afirmar que todo cambio de organización política constituye un acto de transfuguismo reprochable. Existen circunstancias legítimas en las que un dirigente puede separarse de una organización por diferencias ideológicas profundas, por desacuerdos éticos o por desviaciones evidentes de los principios que originalmente le motivaron a integrarse a ella. En tales casos, la coherencia exige explicar públicamente las razones del cambio y asumir las consecuencias políticas derivadas de esa decisión.
Lo hemos dicho en reiteradas ocasiones que la democracia necesita partidos fuertes, creíbles y respetados. Y para lograrlo, las organizaciones deben fortalecer sus mecanismos internos de participación, garantizar procesos transparentes de selección de candidaturas y promover la meritocracia como criterio fundamental para acceder a posiciones de dirección y representación. Cuando la capacidad, el compromiso y la trayectoria son reconocidos, disminuyen las intenciones para buscar oportunidades en otras organizaciones.
Asimismo, corresponde a los ciudadanos ejercer una vigilancia crítica sobre la conducta de quienes aspiran a representarlos. El electorado tiene derecho a exigir coherencia entre el discurso y la práctica, así como explicaciones claras cuando se producen cambios de afiliación partidaria.
La calidad de una democracia no se mide únicamente por la celebración periódica de elecciones, sino también por la fortaleza de sus instituciones y la consistencia ética de sus actores. Mientras el transfuguismo continúe siendo percibido como una vía rápida hacia posiciones de poder, la confianza ciudadana seguirá resintiéndose.
La política necesita menos oportunismo y más convicciones; menos intereses personales y más compromiso con los ideales que se proclaman. Solo así será posible construir organizaciones políticas capaces de inspirar confianza y de servir auténticamente al interés colectivo.
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El autor es ocoeño, educador, abogado y analista político.


























