El desorden que impera en el país actualmente en el ámbito de la violencia, el caos del tránsito, las muertes por accidentes, entre otras, no se enfrenta porque quienes tienen la responsabilidad de definir y aplicar políticas públicas para superarlo, tienen a su vez el privilegio de no padecerlo.
¿Por qué va a mortificarse un ministro, un legislador o un funcionario de quinta categoría por la plaga de motoristas atolondrados y agresores que llenan la vía pública?
Ellos no pierden su tiempo con eso porque van rodeados de guardaespaldas con armas cortas y largas, en la mayoría de los casos hombres y mujeres militares y policías capaces de neutralizar rápidamente a cualquier atrevido.
Tampoco significa nada para ellos que el tránsito esté permanentemente congestionado en las principales calles y avenidas, lo que se convierte en horas perdidas y combustible derrochado para la inmensa mayoría de los conductores, excepto para ellos que tienen el privilegio inmerecido de llevar flanqueadores por todas partes.
Protegidos
República Dominicana debe ser el país donde más militares y policías están dedicados a facilitarles el quehacer diario a los funcionarios, mientras no hay suficientes para garantizar seguridad a mujeres indefensas que las asaltan por montón cada día en la vía pública y las asesinan sus parejas y exparejas cuando no se someten a su posesión.
Entiendo perfectamente que el Presidente de la República y la Vicepresidente estén bien protegidos con escoltas y dispongan de flanqueadores para abrirse paso, dada su alta investidura y sus múltiples responsabilidades, pero que se extienda al resto de los funcionarios se constituye en el privilegio que los convierte en indiferentes.
Si ministros, legisladores y funcionarios tuvieran que soportar como el resto de los ciudadanos los rigores del taponamiento cotidiano en las ciudades, en algún momento se sensibilizarían y forjarían empatía con la mayoría del pueblo.
Pero como ese pandemónium no les afecta directamente, no se les ocurre perder su tiempo ideando soluciones, aunque estudiar esos fenómenos y adelantar planes y programas, teóricamente es su obligación.
Tampoco afecta a sus familiares directos, porque los vehículos oficiales, con los guardaespaldas, se encargan de movilizarlos y andan prestos a repeler cualquier agresión o insulto como los que padecen a diario conductores ordinarios víctimas de vendedores, limpiavidrios y parqueadores que implantan sus dominios en la vías.
Mientras las autoridades al más alto nivel permitan todos esos privilegios, ni soñemos que el país va a recuperar el orden, el buen comportamiento, la decencia, la empatía y mucho menos la solidaridad y el respeto a los demás.
Y el médico que es llamado a atender una emergencia para salvar una vida tendrá que esperar en el tapón y seguir observando a un director de una comisión (que lo único que hace es repartir bonos de “ayuda social”) abrirse paso siguiendo la orden de un flanqueador que bloqueó el tránsito en una esquina.
Agentes maniatados
Provoca hilaridad ver cómo empequeñecen los agentes de tránsito tras detener a un camión de arena que sale del río Nizao, recorre la carretera y penetra a la capital chorreando agua y dispersando cascajo, cuando el conductor infractor le advierte que ese vehículo es de un diputado, alcalde, senador o un general.
Hasta ahí llega el intento de ese policía que quiere pedir cuentas cuando se está violando la ley y perjudicando a los demás usuarios de la vía pública.
¿Para qué sirve la Ley de Tránsito que dispone que los vehículos pesados tienen que circular por el carril derecho si cuando un policía los detiene, una simple llamada al potentado propietario garantiza impunidad absoluta?
Quienes conducimos sabemos que la mayoría de los camiones y autobuses circulan a velocidades excesivas y ocupando todos los carriles, con frecuencia simultáneamente varios de esos vehículos, mientras los automóviles vienen soportando la cola y los accidentes fatales que provocan.
¿Cuál ha sido el resultado de la sugerencia y la resolución del Intrant para que los vehículos pesados circulen por el carril derecho?
La sugerencia no tenían que escucharla y la resolución no les importa porque no tiene aplicación práctica.
Esas disposiciones son charlas huecas para justificar los puestos y “para que conste”, no para hacer respetar la ley y generar un comportamiento decente en avenidas y carreteras.
Igual en otros servicios
Es el mismo fenómeno que pasa con la calidad de la educación, los servicios de salud y los apagones.
¿Qué le importa a un funcionario que la educación pública sea un desastre donde los maestros no saben enseñar y los alumnos no aprenden nada?
Mientras ellos puedan pagar colegios y universidades de élite para educar a sus hijos, mientras peor es la educación a la que van los niños pobres, mejor les va a ellos para manipular su ignorancia e instrumentalizarla para arrancarles el voto que los eterniza en el poder y les extiende sus privilegios.
Eso explica por qué en este país el número de aulas para educar están estancadas, en deterioro constante y carentes de equipos, mientras las estafetas de bancas de lotería se multiplican geométricamente, solo compitiendo en ganancias con los puntos de drogas y la corrupción, porque son hermanos gemelos.
¿Por qué preocuparse por el deterioro de los hospitales, la carencia de equipos, el personal desmotivado si los funcionarios y sus familias tienen seguros médicos que les cubre asistencia en las mejores clínicas del país y el extranjero?
Los apagones tampoco terminarán –por ahora- mientras su existencia constituya una olla de presión de los ciudadanos al gobierno y este responda entregando subsidios a borbotón a generadores y comercializadoras de energía.
Los funcionarios actúan con una lógica espantosa: disfrutar al máximo los privilegios y sumir al pueblo en las mayores dificultades, lo que les da prestancia y espacio de opulencia para parecer “un diamante en un basurero”.
Mientras ese calvario continúa, la juventud que debía portar la llama de la rebeldía, está sometida a una enajenación multifacética y a una supervivencia individual que la ata a una cotidianidad vacía y sin horizonte.



























