La salida de Mario José Redondo Llenas, tras cumplir la pena máxima por el asesinato de su primo José Rafael Llenas Aybar, ha revivido en los medios noticiosos el hambre de cobertura mediática que rodeó el caso en 1996. En aquella época, noticieros, periódicos, programas radiales y revistas exprimieron cada detalle del crimen del menor de apenas 12 años, dejando una huella imborrable en toda la sociedad dominicana que vivió la tragedia a través de la prensa.
A 30 años del atroz hecho, y tras una condena cumplida, Mario José sale de la cárcel para ser recibido por los lentes de las cámaras y los micrófonos de los medios, que desde hace aproximadamente un mes han revivido esta tragedia, una y otra vez.
Hoy día, la cobertura es aún mayor. Y queda en evidencia que una condena cumplida ante la justicia no exime de la condena social y mediática. Aquella cobertura análoga de 1996, que dio seguimiento paso a paso a la búsqueda del adolescente, hasta el hallazgo de su cuerpo en las aguas del arroyo Lebrón, en el kilómetro 24 de la autopista Duarte, así como el posterior juicio y la condena en 1997, dejó impregnado el dolor de un crimen atroz en toda una sociedad.
Hoy, ante su salida, los medios encajan nuevamente el cuchillo en cada una de las 34 puñaladas, reviviendo el dolor y fomentando el miedo y el rencor en nuevas generaciones, con tal de alimentar el morbo y, por qué no, el algoritmo.
Nada devolverá a José Rafael a la vida. No habrá condena humana capaz de revivir la inocente sonrisa que quedó grabada en la memoria de toda una nación. Nada reparará el daño causado, y Mario José debe saberlo de memoria.
Hablar de perdón o arrepentimiento es difícil. Hay cosas que pertenecen al fuero más íntimo del corazón, donde solo Dios tiene conocimiento. Pero también es evidente que nuestra sociedad no perdona ni concede segundas oportunidades; y nuestros medios, aún menos.
Ojalá la familia encuentre algún día la paz. Una paz que, 30 años después, probablemente sigue siendo difícil de concebir, no solo por el dolor, sino porque cada publicación, cada reel, cada titular y cada visualización generan un eco que resuena hasta 1996 y regresa al fatídico momento de aquel hallazgo en el arroyo Lebrón.


























