Escrito Por: Roberto Yoel Henriquez
La prudencia no es silencio ni cobardía; es inteligencia moral en tiempos de ruido. Hoy no nos falta información, ni libertad, ni libertad de expresión para pensar. Vivimos no ya en una aldea global como decía Garton Ash, sino en una ciudad global, cosmopolita y virtual, donde todos somos vecinos. Razón por la cual esa fraternidad digital multiplica la responsabilidad: exige un mayor nivel de prudencia.
La prudencia es un arte de vivir, pues acompaña los actos de los hombres en sociedad. De ahí que nos enseña cuándo hablar, cuándo callar y a medir consecuencias antes que impulsos. Suele atribuirse al accionar humano que no es consecuencia de la razón ni de un juicio sopesado, racional y cauteloso, una falta de prudencia. La prudencia, en sí, abriga tacto en el trato y en el manejo de las situaciones, lo que otorga a quien así actúa una fineza y distinción, pues su comportamiento refleja un accionar verdaderamente inteligente.
Se discute si distinguir entre lo principal y lo secundario es inteligencia o prudencia. A ello responde Gracián, en El arte de la prudencia: “pondera bien las cosas, y más lo que más importa”. Advierte que, por no hacerse una idea clara de las cosas ni pensarlas, se pierden muchos. Esto les impide percibir el daño o la conveniencia, y aplicar las diligencias de lugar. No son pocos los que ponderan al revés: dan prominencia a lo que no la tiene y restan valor a lo que verdaderamente importa.
Esta Semana Santa es una invitación a reflexionar sobre la necesidad de la prudencia como herramienta indispensable para el diario vivir y como guía orientadora en la toma de decisiones, en escenarios de cualquier naturaleza. Es necesario hacer una pausa y pensar antes de reaccionar, pues se ha ido normalizando, de manera peligrosa, reaccionar antes de pensar.
Porque una sociedad que reacciona antes de pensar no solo se equivoca más: se deteriora. Se vuelve injusta en sus juicios, desproporcionada en sus respuestas y frágil en sus convicciones. Y cuando eso ocurre, la palabra pierde valor, el criterio se diluye y la convivencia se resiente.
Tal vez, el verdadero acto de fe al que hoy se nos invita no es hablar más alto, sino pensar mejor antes de hablar. Y entender, de una vez por todas, que la prudencia no es una opción decorativa: es una necesidad urgente para no extraviarnos como sociedad.
El autor es defensor público del Distrito Nacional, posee experiencia laboral en Medios de comunicación.


























