Por Alfredo Arias Lara
(Breve reflexión sobre el poder, memoria histórica e intolerancia en la política dominicana)
Conocí y traté personalmente a Ramón Albuquerque. Compartí políticamente con él durante varias ocasiones, en tiempos del otrora glorioso Partido Revolucionario Dominicano (PRD), liderado por el Dr. José Francisco Peña Gómez.
La muerte del ingeniero Ramón Albuquerque no es únicamente la desaparición física de un dirigente político; es, sobretodo, el silenciamiento de una conciencia crítica dentro de la democracia dominicana. Falleció a los 76 años tras una batalla contra el cáncer de hígado. El exsenador y expediente del Senado dejó una huella profunda en el avance institucional del país.
Nacido en Monte Plata en 1949, ingeniero químico formado en la UASD y en la Universidad de Kansas (KU), Estados Unidos, profesor universitario y servidor público en múltiples áreas estratégicas del Estado, Albuquerque encarnó una fina combinación: la del técnico que piensan rigurosamente y el político que reflexiona con libertad.
Fue senador durante varios períodos y presidió la Cámara Alta en tres ocasiones, participando activamente en la aprobación de legislaciones de alto impacto vinculadas a la seguridad social, la energía y el medio ambiente. Pero, a ciencia cierta, ninguna vida se mide solo por los cargos ocupados. La verdadera dimensión de un hombre público se manifiesta en su relación con el poder.
El extraño y paradójico destino de los fundadores: Hay figuras en ciertos períodos, llamadas a » construir puentes que otros cruzarán». Albuquerque fue una de ellas: presidente del PRD y miembro prominente en la fundación del Partido Revolucionario Moderno (PRM), pieza importante en la reorganización del sistema de partidos en nuestro país.
Sin embargo, la historia política en tanto especie de maestra irónica, tiende a relegar a sus arquitectos una vez concluida la obra.
Esto nos obliga a formular una pregunta, que sabemos incomoda, pero resulta necesaria: ¿qué lugar le reserva el poder político a quiénes piensan con cabeza propia?
No es extraño que nuestros partidos políticos, y desde los gobiernos en las democracias reconozcan a sus hombres libres después de muertos. Lo difícil es convivir con ellos cuando aún viven.
Al respecto, valga recordar la frase: «¡ Oh, América infeliz, que solo sabes de tus grandes vivos, cuando ya son tus grandes muertos !», expresada dicha frase por el educador y escritor dominicano Federico Henríquez y Carbajal durante la oración fúnebre en el sepelio de Eugenio María de Hostos, el 12 de agosto de 1903.
El pensamiento libre dentro de los partidos cuando gobiernan, incomoda. Por eso la crítica interna comienza entonces a percibirse no como un acto de lealtad superior, sino como una perturbación o necedad política, para así justificar el desprecio, la exclusión y la intolerancia manifiesta.
Es que estos sistemas políticos modernos, obsesionados con sus propósitos – en carpetas – predeterminados, acostumbran con frecuencia despreciar las voces que conservan principios coherentes en medio del pragmatismo.
Como sabemos, y ejemplos hay suficientes, hay personas que ejercen la política sin renunciar a su pensamiento propio. Reconociendo,no obstante, que al final, los hombres libres de cerebro tienden a quedarse solos. Pero también suelen quedarse en la historia.
El autor es Ocoeño, Educador, Abogado y Analista Político.
alfredoariaslara@gmail.com

























