Lo que estamos viendo y viviendo en los últimos tiempos en términos de reducción boscosa y el golpeo sistemático a los recursos naturales en la República Dominicana es algo que debe movernos a grandes preocupaciones, conscientes, claro está, de que esas preocupaciones de nada servirán si a la par no nos llevan a emprender acciones puntuales que nos permitan frenar ese terrible deterioro ambiental al que está siendo sometido “prácticamente” todo el territorio nacional.
Independientemente del territorio desde el cual nos ubiquemos, la realidad concreta es que si vemos a nuestro alrededor hemos de apreciar que el daño es significativo, constituyendo este panorama sombrío y desalentador una seria amenaza para el desarrollo humano en sentido general, pues para nadie es un secreto que este está estrechamente ligado a la cobertura boscosa, siendo considerados, incluso, como interdependientes.
Para colmo de males, pese a que todos estamos convencidos de que la cobertura boscosa o forestal resulta imprescindible para todo lo que implica el desarrollo sostenible, los que movidos por diferentes intereses particulares y con la inercia que raya en la complicidad de quienes están llamados a proteger nuestros recursos naturales, olvidan al parecer los beneficios que generan los bosques, dentro de los cuales se encuentran, para solo citar algunos, el “suministro de agua y la biodiversidad”, además de ser una “fuente de recursos y sustento para las comunidades”.
En esa lista de beneficios que los bosques nos proporcionan hay que incluir lo que es la regulación climática, toda vez que “los bosques son grandes almacenes de carbono y un factor clave para mitigar los efectos del cambio climático”, así como la provisión de recursos naturales, por ser “fuentes importantes de flora y fauna, y desempeñan un papel fundamental en la provisión de agua, un recurso esencial para las actividades humanas y el desarrollo”.
Además de que, siempre que se haga un uso sostenible de sus recursos, aportan para el sustento y la economía, y de ahí que la cobertura boscosa represente “un pilar del desarrollo” y ni hablar de lo que impacta en la biodiversidad, por lo que “su preservación es esencial para la salud de los ecosistemas y el bienestar humano”.
Si alguien pudiera tener duda de la citada interdependencia entre cobertura boscosa y desarrollo humano, pensemos en el territorio de la República de Haití, cuya cobertura boscosa se ubicaba para el año 2021 en apenas el 2% y así podremos tener una mejor valoración al respeto, año en el que la cobertura boscosa nuestra en atención a cifras oficiales dadas por el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales se fijaba en el 42.8%, que a su vez era menor que la cobertura boscosa al año 2018, que era del 43.6%.
Sin embargo, más allá de las cifras oficiales, asumidas o no como reales, estas mismas muestran que en la actualidad existe una disminución de nuestra cobertura forestal y que “el país enfrenta amenazas como los incendios forestales, la sequía y la deforestación, que impactan la biodiversidad y el agua”, de lo que no podemos alegar ignorancia, como tampoco podemos soslayar el hecho de que la deforestación lleva un ritmo acelerado, lo que si bien tiene un gran impacto en la zona fronteriza, igual el daño es sensible “prácticamente” en todo el territorio nacional donde se aprecia una pérdida boscosa altamente preocupante.
Ante este terrible daño, es claro suponer que el deterioro medioambiental está afectando la vida ecosistémica en los bosques, “que proporcionan servicios ambientales fundamentales para la vida, tales como el mantenimiento de las fuentes acuíferas y de la diversidad biológica, regulación del clima, captura de carbono, mitigan los efectos del cambio climático, contribuyen a la conservación del suelo, así como a la salud de los ecosistemas terrestres y costeros marinos”, para solo citar algunos beneficios.
Del mismo modo, dentro de esos beneficios igual se encuentran la proporción de productos y servicios considerados “vitales para la economía del país”, lo que deja claro que los mismos son parte importante para el bienestar de la población y que igualmente deja claro que su protección y conservación no es un deber del Estado, sino una obligación que debe ser asumida de manera celosa y permanente, pues cruzarse de brazos y dejar eso a la voluntad de quienes interesados en su presente individual ponen en peligro el futuro colectivo del país nos seguirá sumiendo en el ya preocupante deterioro ambiental que hoy padecemos.
En consecuencia, se requieren acciones urgentes de carácter proteccionista y conservacionista, generando no sólo sanciones drásticas y ejemplarizadoras, sino y sobre todo preventivas, que posibiliten lo que hace años venimos diciendo; esto es, frenar estos terribles daños y a la par emprender acciones puntuales, como sería un programa nacional de reforestación, pero en el que cada provincia, luego de determinar las áreas a reforestar, el tipo de planta según el área, entre otros detalles, se propongan y logren aumentar la capacidad boscosa de su territorio, programa en el que autoridades y población en sentido general sumemos esfuerzos para el éxito del mismo.
Ante este deterioro medioambiental, acciones de este tipo y otras no pueden esperar o terminar matadas por la burocracia; se requiere que actuemos ya antes de que sea demasiado tarde, además de que al hacerlo igual despertaríamos conciencia al llamar la atención sobre el terrible daño ecológico, dejando el país lleno de guardianes de sus bosques, capaces de preservar lo que tenemos y lo que podamos lograr.
El autor es ocoeño y egresado de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

























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