Por: Pedro José Esteban García.
La tormenta tropical Melissa ha dejado una estela de destrucción en la República Dominicana, recordándonos una vez más que nuestra isla no solo es un paraíso caribeño, sino también un territorio en constante riesgo frente a los caprichos del clima. Con vientos sostenidos de hasta 80 km/h y lluvias torrenciales que superaron los 400 milímetros en algunas zonas, Melissa azotó el país entre el 22 y el 24 de octubre, causando inundaciones masivas, deslizamientos de tierra y cortes de energía generalizados. Pero más allá de las imágenes dramáticas de calles convertidas en ríos y hogares derrumbados, el verdadero impacto se mide en pesos y dólares, además en oportunidades perdidas. Este artículo analiza los daños materiales y la paralización de las actividades productivas, contextualizados con eventos pasados, y ofrece recomendaciones objetivas para construir un futuro más resiliente.
Daños Materiales: Una Herida Abierta en la Infraestructura Nacional
Los daños materiales provocados por Melissa son extensos y multifacéticos. Según reportes preliminares del Centro de Operaciones de Emergencias (COE), cerca de 500 viviendas han sido afectadas o destruidas, principalmente en localidades como El Gran Santo Domingo, San Cristobal y San José de Ocoa, donde las inundaciones arrasaron con techos, muebles y enseres básicos. Además, decenas de sistemas de acueductos colapsaron, dejando a más de un millón de personas sin agua potable, y las carreteras principales, como la Autopista de las Américas, se volvieron intransitables por el colapso de drenajes obsoletos. El Malecón de Santo Domingo, a solo metros del Mar Caribe, se inundó nuevamente, evidenciando fallas crónicas en el diseño urbano.
Estos daños no son aislados: representan una pérdida económica directa estimada en cientos de millones de dólares, que incluye la reparación de puentes, carreteras y redes eléctricas. En un país con un Producto Interno Bruto (PIB) nominal proyectado para 2025 en US$136.3 mil millones, eventos como este erosionan el crecimiento acumulado. Por ejemplo, la agricultura, los servicios y la construcción, vitales para el crecimiento, se vieron severamente afectados.
Paralización Productiva: El Costo Invisible de la Inactividad
Más allá de los daños visibles, Melissa provocó una paralización casi total de las actividades productivas que golpeó el corazón económico del país. Con alertas rojas declaradas en provincias claves como Santo Domingo, Distrito Nacional, San Cristobal, Baní y San José de Ocoa –donde se concentra la mayor parte de la industria manufacturera, así como el comercio y parte importante de la agricultura–, las operaciones se redujeron en más del 90% durante al menos tres días. Fábricas en zonas francas y parques industriales detuvieron sus líneas de producción por las llamadas de alerta, mientras que puertos como el de Haina suspendieron parcialmente sus operaciones, retrasando exportaciones e importaciones vitales de bienes, equipos y maquinarias.
Esta interrupción no es solo temporal: genera un efecto dominó en la cadena de suministro, con pérdidas en salarios, impuestos y productividad que podrían ascender a varios puntos porcentuales del PIB mensual. Si consideramos que el PIB anual equivale a unos US$11.36 mil millones mensuales, una reducción como la mencionada anteriormente en los enclaves productivos declarados en alerta roja, representa una parálisis, de al menos, el 60% a nivel nacional, podría traducirse en pérdidas de hasta US$400-700 millones, basándonos en estimaciones conservadoras de eventos similares. Esta parálisis resalta cómo nuestra economía, dependiente de sectores sensibles al clima, se ve amenazada por fenómenos cada vez más frecuentes debido al cambio climático y a nuestra deficiente estructura pública.
Lecciones del Pasado: Eventos Recientes que Deberían Haber Alertado
Melissa no es un caso aislado; es parte de un patrón creciente. El cambio climático ha intensificado estos eventos, y nuestra ubicación en el Caribe nos expone permanentemente a tormentas extremas. Tomemos como ejemplo el huracán Fiona en 2022, que causó daños estimados en US$400 millones, según el Banco Mundial. Fiona inundó vastas áreas agrícolas en el este del país, destruyendo cultivos y desplazando a miles de familias, con pérdidas en el sector agropecuario que superaron los RD$20,000 millones (aproximadamente US$340 millones al tipo de cambio actual). Similarmente, el huracán Irma en 2017 generó inundaciones costeras y daños en infraestructura por US$200 millones, paralizando el turismo en Punta Cana durante semanas.
Estos eventos evidencian un problema sistémico: históricamente, las autoridades dominicanas han descuidado la preparación de la infraestructura pública. Nuestro sistema es débil y poco estructurado, incapaz de resistir vientos fuertes o lluvias intensas. Además, la irresponsabilidad en la planificación territorial ha permitido asentamientos en zonas de alto riesgo, como márgenes de ríos y cerros, donde las concentraciones humanas agravan las tragedias. Gran parte de la población vive a escasa distancia del mar, lo que, si bien ofrece ventajas económicas, exige una gestión inteligente para canalizar el agua hacia el océano y evitar inundaciones recurrentes.
Recomendaciones Objetivas: Hacia una Resiliencia Sostenible
Para mitigar impactos futuros, es esencial adoptar medidas objetivas y estratégicas que trasciendan el ciclo electoral. Primero, urge una planificación territorial con sentido común: reubicar comunidades vulnerables de áreas inundables y prohibir construcciones en ríos, cañadas y cerros. Esto requiere inversión estratégica y compromiso nacional, con soluciones accesibles como túneles norte-sur en la ciudad de Santo Domingo que recojan el agua y la canalicen al Mar Caribe, sistema de movilidad urbana que permitan transitar bajo ciertas condiciones de lluvias, diques urbanos y sistemas más eficientes de alertas tempranas.
Segundo, mejorar las envejecidas estructuras públicas: exigir a las empresas constructoras estándares técnicos más rigurosos, como drenajes elevados en autopistas y malecones. No es aceptable que, con cualquier aguacero, avenidas se conviertan en ríos intransitables. Inversiones en infraestructura resiliente –como redes eléctricas subterráneas y puentes reforzados– justificarían la búsqueda de financiamiento internacional o incluso sacrificios tributarios, si se presenta un plan preciso y de largo plazo. La sociedad dominicana, acostumbrada a la resiliencia, entendería estos esfuerzos si ve transparencia y resultados.
Finalmente, condiciones extremas demandan soluciones extremas: dejar atrás el inmediatismo político, las prebendas y el partidismo para forjar un gran proyecto nacional de infraestructura. Involucrar a las mejores mentes locales e internacionales en un plan que trascienda gobiernos, enfocándose en reducir el impacto de la incertidumbre climática. Cualquier inversión está justificada por las pérdidas acumuladas –solo en los últimos cinco años, huracanes como Fiona e Irma han costado casi RD$30,000 millones–. Organismos como el Banco Mundial podrían apoyar con préstamos, pero el liderazgo debe ser interno.
Melissa nos obliga a reflexionar: ¿cuánto más estamos dispuestos a perder antes de actuar? Con el cambio climático acelerando estos eventos, el momento de construir una nación resiliente es ahora. No se trata solo de reconstruir, sino de reinventarnos para que tormentas futuras no definan nuestro destino económico.


























