Hace unos días, una amiga de la infancia me contactó por teléfono. Aunque me tomó por sorpresa, me emocionó profundamente escuchar su voz después de tanto tiempo. Ella fue mi confidente, de esas amigas que encarnan el proverbio 17:17: “En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia”.
Me contó que ya no era la misma. Su vida, según sus palabras, había dado un giro inesperado desde el 18 de octubre, fecha en la que recibió un diagnóstico que, para mí, representaba una alerta médica, pero para ella resultó devastador.
La conversación se tornó intensa, por lo que le propuse continuar por chat. Le pregunté cómo había reaccionado su médico ante los resultados y qué le había recomendado. Me explicó que sugirió realizar otro estudio, pero este no fue concluyente. Pensé cuidadosamente mi respuesta: no quería parecer fría, pero tampoco alimentar su preocupación.
—¿Por qué estás así realmente? —le pregunté con intención de ayudar.
Su respuesta fue reveladora:
—Desde que busqué información sobre mi condición en internet, todo lo que aparece gira en torno a eso. Cada página que abro me recuerda lo que tengo. Es como si mis redes sociales lo supieran todo de mí, como si adivinaran mis pensamientos.
En ese momento comprendí lo que ocurría. Con serenidad le expliqué:
—No es magia… se trata de un algoritmo.
Quise compartir esta experiencia porque quizás muchos estén atravesando situaciones similares.
¿Qué es un algoritmo?
Un algoritmo es un conjunto ordenado de instrucciones diseñadas para procesar información y resolver problemas de manera automatizada (Cormen et al., 2009). En el entorno digital, los algoritmos organizan, clasifican y priorizan grandes volúmenes de datos para ofrecer resultados considerados relevantes para cada usuario, especialmente en motores de búsqueda y redes sociales (Gillespie, 2014).
Cuando una persona busca información sobre una enfermedad, los motores de búsqueda analizan palabras clave, historial previo, ubicación y patrones de comportamiento para predecir su intención. Estos sistemas priorizan contenidos populares y semánticamente relacionados con la búsqueda inicial (Brin & Page, 1998; Pariser, 2011). Por ello, da la impresión de que “todo” en internet está conectado con aquello que consultamos.
En otras palabras, el algoritmo aprende de nuestras búsquedas y nos devuelve información similar, reforzando el mismo tema una y otra vez.
El riesgo de la sobreexposición informativa
En un mundo donde la tecnología está a un solo clic, abrir un sobre con resultados médicos puede despertar temor y llevarnos a investigar qué tenemos antes de ir al médico.
De manera casi automática, buscamos respuestas esperando encontrar tranquilidad. Sin embargo, esa exposición constante a información médica en línea puede tener el efecto contrario.
Hace poco, mientras veía TikTok, escuché a un médico referirse a algo que llamó “la enfermedad de Google”, aludiendo a la tendencia de autodiagnosticarse a partir de búsquedas en internet. Este fenómeno se relaciona con la cibercondría, definida como la preocupación excesiva por la salud generada o intensificada por consultas digitales (Starcevic & Berle, 2013).
Lejos de aliviar la ansiedad, la repetición de contenidos similares puede amplificar el miedo, afectar la estabilidad emocional e incluso influir negativamente en la toma de decisiones médicas.
Una reflexión necesaria
Los algoritmos no tienen intención de dañar; simplemente organizan información según patrones de datos y comportamiento (Kitchin, 2017). Sin embargo, el impacto psicológico de esa personalización puede ser profundo.
Por eso, mi recomendación es clara: debemos establecer límites en nuestras búsquedas, recurrir a fuentes científicas confiables y, sobre todo, priorizar la orientación profesional. Cuidar nuestra salud emocional es tan importante como atender la salud física.
La mente tiene un poder enorme. Puede convertirse en nuestro mayor aliado o en nuestro principal adversario. En la era digital, aprender a gestionar la información que consumimos es también una forma de proteger nuestra paz interior.
La autora es Máster en Gestión de centros educativos.
Lcda en Psicología escolar.
Lcda en educación, mención Ciencias sociales

























