En los últimos días, San José de Ocoa ha sido mencionada en medios nacionales a raíz de operativos relacionados con el combate al narcotráfico. Más allá de las noticias y de las acciones que corresponden a las autoridades, considero que este momento debe servirnos para reflexionar sobre un tema aún más importante: la prevención.
Cuando hablamos del problema de las drogas, con frecuencia pensamos en patrullas, operativos, leyes y sanciones. Sin embargo, la experiencia internacional y numerosos estudios coinciden en que la prevención más efectiva comienza mucho antes de la intervención de las autoridades. Comienza en el hogar.
La familia sigue siendo el principal espacio de formación de valores, hábitos y conductas. Es allí donde los niños y jóvenes aprenden a enfrentar los desafíos de la vida, a tomar decisiones responsables y a desarrollar la confianza necesaria para expresar sus preocupaciones y dificultades.
Diversas investigaciones impulsadas por organismos internacionales, entre ellos la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), han demostrado que los jóvenes tienen menos probabilidades de involucrarse en el consumo de sustancias cuando mantienen una comunicación abierta con sus padres, reciben acompañamiento constante y cuentan con un entorno familiar estable y afectivo.
Por eso creo que, como sociedad ocoeña, debemos volver a poner en el centro algo que nunca debimos descuidar: el fortalecimiento de los vínculos familiares.
Necesitamos más conversaciones en nuestros hogares. Más tiempo compartido entre padres e hijos. Más interés por conocer quiénes son sus amigos, cuáles son sus inquietudes, cómo utilizan su tiempo libre y qué situaciones enfrentan diariamente.
También debemos recuperar una práctica que durante años fue común en nuestras comunidades: abrir las puertas de nuestras casas. Invitar a los amigos de nuestros hijos, conocer a sus familias y construir relaciones de confianza entre padres, vecinos y comunidades. Cuando los adultos conocen el entorno en el que se desarrollan sus hijos, pueden orientar mejor sus decisiones y detectar a tiempo posibles situaciones de riesgo.
La prevención no se construye desde el miedo. Se construye desde la confianza.
Un joven que siente que puede hablar con sus padres cuando tiene un problema es menos vulnerable que aquel que enfrenta solo sus dudas, presiones o conflictos. Un adolescente que participa en actividades deportivas, culturales, religiosas o comunitarias tiene más oportunidades de desarrollar un proyecto de vida positivo. Una familia presente constituye un factor de protección que ninguna institución puede sustituir.
Esto no significa que la responsabilidad recaiga únicamente sobre los padres. Las escuelas, las iglesias, los clubes deportivos, las organizaciones comunitarias y las autoridades también tienen un papel importante que desempeñar. La prevención es una tarea colectiva.
En San José de Ocoa contamos con una fortaleza que muchas veces pasa desapercibida: el sentido de comunidad. Todavía vivimos en una provincia donde las personas se conocen, donde los vecinos se saludan, donde existen lazos familiares y comunitarios que pueden convertirse en una poderosa red de protección para nuestros niños y jóvenes.
Debemos aprovechar esa ventaja.
Más que preocuparnos por los problemas que enfrentamos, debemos concentrarnos en fortalecer las soluciones que están a nuestro alcance. Y entre todas ellas, ninguna resulta tan cercana, tan humana y tan efectiva como una familia presente, comunicada y comprometida con el futuro de sus hijos.
La mejor política de prevención comienza en casa. En una conversación sincera. En una pregunta hecha a tiempo. En un abrazo. En una palabra de orientación. En la decisión de acompañar a nuestros hijos en cada etapa de sus vidas.
Si queremos una sociedad más sana, más segura y con mayores oportunidades para las futuras generaciones, debemos empezar por fortalecer aquello que constituye el corazón de toda comunidad: la familia.


























