He visto, con mucha preocupación, dolor y pena, la muerte de muchos jóvenes que acaban su vida de manera trágica en accidentes, frecuentemente causados por motocicletas.
Otros han fallecido también a causa de motoristas que, sin pudor ni respeto, atropellan todo sentido de comunidad, de ley y de respeto básico.
Muchos actúan con la imprudencia y la falta de sentido común fruto de la inmadurez, de la escasa inteligencia y del afán de llamar la atención, buscando ser vistos en acciones y actitudes que a nadie importan y que, por su nulo valor, caen en el marco de la estupidez.
La sociedad, mientras se amontonan los muertos, los olvida antes de que se cumplan los nueve días, procurando nuevas “cherchas” en una banalización de criterios que refleja la pérdida de valores promovida desde las sillas de políticos y funcionariuchos que, por asegurar votos, serían capaces de acostarse con el diablo.
Esa sangre de jóvenes y ciudadanos debe pesar sobre la conciencia de los funcionarios electos que se oponen a las acciones de quienes están llamados a hacer cumplir la ley, al punto de ver regidores que, de manera populista, insultan a agentes de la AMET cuando intentan imponer el orden, precisamente para que no vivamos en la selva.
Esos turpenes, en busca de complacencia, son capaces de bañarse y, como vampiros, beber la sangre de aquellos a quienes prometieron proteger y servir cuando juraron sus cargos.
La sociedad debe hacer un examen de conciencia y entender que las regulaciones y la ley son el ordenamiento que nos permite vivir con dignidad y confianza; y que los pueblos que no las cumplen están condenados a desaparecer.
Entendamos que, cuando un funcionario electo agrede y trata de doblar el pulso —por populismo barato— a quienes aplican la ley, se convierte en el principal enemigo de un pueblo que ve, con dolor e impotencia, la muerte de su esperanza joven.

























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