Causas y efectos de la deserción escolar
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Jueves, 09 de Agosto de 2012 19:12

Por Dr. Víctor Martínez.- Hubo una Era, dominada por una oprobiosa dictadura, felizmente superada, que en muchas cosas es referencia obligada y la educación es una de ellas; entonces la Policía Nacional tenía una noción bien definida de sus atribuciones como policía preventiva encargada de evitar el absentismo escolar.

La vagancia y el ocio de menores y adolescentes, maroteando en lugares públicos durante las horas en que supuestamente debían permanecer recibiendo docencia suscitaba el interés y la acción de la autoridad policial.

La norma era detener al "estudiante", conducirlo al destacamento y acudir al hogar del menor o adolescente en busca de sus progenitores para exigirles que cumplieran con su responsabilidad, que en estos casos consistía en enviar todos los días sus hijos a la escuela y cerciorarse de que permanecieran en las aulas durante las horas de docencia.

La dictadura instauró el desayuno escolar, y de esa manera se estimuló la asistencia a los centros educativos de estudiantes provenientes de hogares muy pobres. De 8 de la mañana a 12 del mediodía un niño o adolescente en edad escolar no podía estar en una esquina pidiendo o vendiendo frutas o cualquier chuchería, ni andar calle arriba y calle abajo cargando un limpiabotas. El primer policía conque tropezara se encargaría, sin hacer uso de la fuerza bruta, de detenerle para realizar las indagatorias de lugar.

Por eso el hombre de la casa, pues en ese entonces la sociedad era absolutamente machista, tenía que dar la cara por la inconducta de sus hijos, y para no disgustar a la autoridad buscaba la manera de inscribir y mandar todos los días sus hijos a la escuela pública, que entonces ofrecía enseñanza de mas calidad que la privada, inexistente por demás en casi todos los pueblos de provincia.

Los libros eran escasos, y en las familias pobres se hacía un esfuerzo casi heroico para favorecer la educación de los hijos, que asimilaban la frugalidad del hogar y consumían todas las páginas del cuaderno, y cuando ya no había páginas escribían en el pergamino o en cualquier espacio en blanco, y lo hacía con un "cabito´e lapi" que se consumía hasta que fuera imposible sostenerlo entre en índice y el pulgar.

¡Había que estar en la escuela! Esa educación formó a los hombres y mujeres que se revelaron y acabaron con la dictadura, y a los que después del Golpe de Estado del 1963 cogieron el fusil y se fueron a las lomas con Tavarez Justo.

Ahora educar es más exigente, y sin la responsabilidad de los padres es imposible proveer buena educación a los hijos; el conocimiento que recibe del docente les enseña algunas nociones pero no los educa en valores, pues sólo el hogar es capaz de transmitir con efectividad, a través del ejemplo, los valores que forjan las conciencias ciudadanas.

Presumamos que la responsabilidad que asumía el papá, o la mamá en ausencia de éste, con relación la educación de sus hijos e hijas durante la Era de Trujillo era fruto del miedo al régimen o del temor a una posible sanción; es posible que eso influyera, pero en la mayoría de los casos el papá, consciente de los beneficios de la educación, hacia un esfuerzo para proporcionar a sus vástagos los medios mínimos para asistir a la escuela, y cuanto fuera posible para evitar que su conducta fuera moldeada fuera del hogar, y determinada por la influencia nociva de la calle. El padre se interesaba en conocer las actividades del hijo fuera del hogar, los lugares que frecuentaba y en quienes eran sus compañeros.

El hogar era el blindaje efectivo contra el absentismo, la deserción escolar, los malos hábitos y la "juntiña" indeseable. Entonces el hogar, la escuela y la sociedad, en sentido general, compartían responsabilidades educativas. Había más racionalidad y conciencia de lo que era la educación, la economía hogareña y los valores que contribuían a la formación cívica; cuando en un hogar, por ejemplo, compraban un Álgebra de Baldor o una Geografía de Josefina Passadori, el ejemplar bastaba para todos los hijos, durante varios años; los hijos eran menos exigentes y más frugales, y nadie se atrevía llevar al hogar bienes ajenos o mal habidos.

Ahora exigen que a un niño de 8 años, para 2do. grado, le compren 12 mascotas, y la lista de libros y útiles es inverosímil. La presión que se ejerce sobre las magras economías de los hogares pobres es desesperante. Muchos padres optan por hacerse el chivo loco y dejan a los hijos sin educación.

Si el estudiante logra llegar al 8vo grado, el suplicio de unas Pruebas Nacionales divorciadas de los escasos insumos que durante ocho años recibió el alumno de profesores sin ningún dominio de los contenidos, se convierten en un valladar inexpugnable. La mayoría de los que repiten no regresan a la escuela, y comienzan a vagar por las calles hasta que el medio los absorbe y endurece, y caen en las garras de la delincuencia juvenil.

Casi el 100% de los menores de edad, entre los 11 y los 17 años, y los jóvenes adultos que forman las feroces pandillas barriales son varones que han desertado de la escuela. Los varones constituyen el 98% de los menores delincuentes que guardan prisión.

Combatir la deserción escolar, hasta reducirla a su mínima expresión, y mantener la educación obligatoria hasta concluir el bachillerato contribuiría a disminuir dramáticamente todas las formas de delincuencia en la República Dominicana. Mientras más años permanezca un estudiante en el sistema, menor será la posibilidad de que se convierta en delincuente infantil o juvenil.

Es imprescindible crear comunidades educativas que interactúen con los docentes y alumnos que acuden al mismo centro educativo; comunidades educativas integradas por padres, madres y amigos de la escuela, líderes comunitarios, profesionales de la misma comunidad, personas cuya trayectoria pueda servir de inspiración a los estudiantes, docentes, alumnos, empresarios que han asumido su cuota de responsabilidad social y autoridades aptas para velar por la permanencia de los alumnos en el centro educativos durante las horas de docencia; hay que sacar a los niños y adolescentes de las calles durante el horario de clases, evitar el absentismo y la mendicidad y el chiripeo de menores en esquinas y plazas hay que combatirlo e impedirlo. También hay que abaratar el costo de la educación y elevar su calidad. La tarea tiene que ser asumida por la sociedad en su conjunto.

Es inaceptable que un grupo de mozalbetes salga de las aulas y se estacione en un colmadón a tomar cervezas, o que un alumno lleve a su centro educativo una botella de ron dentro de su mochila. La Comunidad Educativa no debe tolerar tales inconductas, pues a la postre la sociedad será la victima de su propia irresponsabilidad, como ya lo es en muchos casos, pues en algunos sectores las pandillas juveniles tienen en jaque a las familias y nadie se siente seguro ni en su propia casa. Ese malestar no se produjo por generación espontánea, sino por la inexistencia de Comunidades Educativas vinculadas al quehacer de la escuela.

El Estado tiene que ser mas "inteligente" en cuanto al diseño de políticas educativas y a la evaluación del producto educativo con fines de promoción.

En estos momentos los dos factores vinculados a la escuela que más daño le están infligiendo a la sociedad dominicana lo son la deserción escolar de los alumnos varones y la falta o debilidad de vínculos entre escuela y comunidad. Hay que superar esos factores limitantes.

Conviene, para evitar la deserción por falta de estímulos o desencanto, eliminar la repitencia escolar y rediseñar las Pruebas Nacionales a que son sometidos los estudiantes de 8vo y 4to, de manera que en vez de medir la capacidad de los alumnos sirva para medir la calidad de la actividad docente, para medir a los profesores, no a los alumnos, pues ningún alumno puede saber lo que su profesor o profesora no le ha enseñado, o le ha enseñado mal. Si la tasa de reprobados es elevada hay que evaluar la capacidad pedagógica y las técnicas didácticas del docente, para entrenarlo hasta que aprenda a enseñar.

El alumno que repruebe una Prueba Nacional debe ser promovido condicionalmente, con una supervisión de acompañamiento para los próximos años. De esta forma se mantendrá en las aulas, en lugar de ir a la calle a sumarse a la delincuencia juvenil, encalleciendo su conciencia criminal hasta hacer imposible ablandarla para procurar su regeneración. Eso es lo que está sucediendo en el país desde hace más de una década. La escuela dominicana ha vomitado cientos de miles de alumnos y los ha enviado a la calle. Ahí se han formado nuestros delincuente y se siguen formando, cada día en mayor cantidad y mas agresivos, sádicos, feroces e insensibles.

Si queremos construir una sociedad diferente a la que tenemos, con seguridad en nuestros espacios públicos, oportunidades para nuestra juventud y esperanza para las futuras generaciones, asumamos un compromiso colectivo con la educación, y demos vida a nuevos enfoques, orientados en un pensamiento positivo y solidario. Hagamos caso omiso a quienes proponen endurecer las penas para disuadir a los delincuentes, pues eso nunca ha funcionado. Demos una oportunidad a la verdadera educación, cuyos cimientos están enterrados en la roca de la responsabilidad social compartida. Recordemos que la conducta se genera en el pensamiento y que éste produce y convierte en cosas tangibles aquello en lo que tiene fe.

 

 

 

 

Seguiremos socializando ideas y propuestas sobre el tema, y esperamos que quienes nos lean sean generosos en compartir sus sugerencias.

PROJUCA está trabajando el tema educativo. Hacen falta voluntarios para hacer la revolución dominicana, la única que puede levantarnos de las cenizas, que es la revolución espíritu a través de una verdadera educación, y a la vanguardia de esa revolución tienen que estar las Comunidades Educativas.

Causas y efectos de la deserción escolar
Última actualización el Viernes, 10 de Agosto de 2012 14:46
 

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